EVALUACIÓN DE LENGUA Y LITERATURA
lunes, 13 de julio de 2026
martes, 7 de julio de 2026
martes, 28 de abril de 2026
Grupo 1
1-Definir literatura y lenguaje ¿Cómo se relacionan estos conceptos?
2-Escribí un campo semántico para la idea de escuela.
3-Indica Marcos y narradores de La oscuridad de los colores
4-Indica cuál es el narrador que usa la primera persona gramatical ¿Cuántos narradores hay?
5-Mencionar protagonistas de La oscuridad de los colores
Grupo 2
1-Definir lengua y lenguaje ¿Cómo se relacionan estos conceptos?
2-¿Qué es el campo semántico? Pensá un ejemplo para el concepto: hospital
3-Indicá narrador y marco de La oscuridad de los colores ¿A qué género pertenece?
4-Indicá cuál es el narrador que usa la segunda persona gramatical ¿Cuántos narradores hay?
5-Mencionar narradores de La oscuridad de los colores
sábado, 25 de enero de 2025
Bar Roma del Abasto
viernes, 24 de enero de 2025
12
domingo, 27 de febrero de 2022
Desmonte
1
Lo
descubrí una noche
después
de buscar agua de lluvia.
Los
árboles enloquecidos
se
inclinaban
en
reverencia,
mientras
la luna alumbraba
el
centro del matorral.
Al
principio
ni
pude
ni
quise ver,
después
lo entendí:
debajo,
justo
encima de las raíces,
en
el centro mismo del monte
latía
un
corazón.
2
Los
teros cantan
una
advertencia.
Protegen
a sus nidos del hombre
pero
sin saberlo,
nos
cuidan también
de
lo inesperado.
Cuando
alguien atraviesa el monte,
pienso
en mi padre
y en
su ternura hacia todo
lo
que la tierra
da a
luz en silencio:
él
irrumpe
en
las soledades permanentes
y
les dibuja un rostro humano
para
que puedan
ser
comprendidas por otros.
3
Han
derribado el monte.
De
luces y muros
está hecho el paisaje.
Vivimos
a un metro del pasado
y a dos
de lo que vendrá mañana:
siempre
fuimos atemporales.
Muy
cerca
el impacto del filo sobre el leño
resuena en la noche
entre
ladridos
y el
canto
de
las últimas aves.
Mi padre carga
un
puñado de leña
y se
detiene por un instante;
los dos miramos lo mismo,
en un diálogo mudo
de
esos que sostienen
los grandes amigos:
allá
lejos
las luces
seguirán estallando,
mientras
acá
las
luciérnagas
nos
alumbran todavía.
Desde
lejos
el asfalto
amenaza con cubrirnos:
que
venga,
las raíces
pueden
más que el cemento.
4
Madre,
esta
casa
es
una guarida
que
se alimenta de mí.
Me
consumen
las
paredes húmedas
y
las puertas se cierran
con
doble llave.
Una
ilusión
crece
y crece,
me
devoro de tanto inventarme
en
sitios imaginarios.
Madre,
los
árboles
callaron
hace tiempo,
pero
sus raíces todavía respiran
mientras
las ramas
huyen
hacia el cielo.
Acá
antes
había
una arboleda
y
hoy
sin
medida
el
sol se entrega
a
nuestro techo oxidado.
Son
tantas,
como
nosotras son tantas
las
bestias que buscan algo de alimento.
El
instinto arde
antes
que la razón:
madre,
de
mi deseo
protégenos
hoy
y siempre.
5
En
el campo bastaba
con
una garúa
para
que las luces
se
apagaran.
Las
noches de lluvia
eran
un baile de siluetas.
Madre
renegaba
por
las letanías
de
lo incivilizado.
Padre
miraba
primero
a la siembra,
después
al cielo
y
en silencio agradecía
a
un dios
que
siempre supo escucharlo.
Yo
era una guarida
donde
todas las luciérnagas del mundo
querían
posarse.
Hoy
han pasado
tantos
años;
mi
hogar es un edificio
en
medio del cemento.
La
lluvia besa
las
calles que camino:
pero
en la ciudad
la
lluvia y el cemento
no
se funden,
nadie
agradece,
todos
se quejan
y
yo soy ahora
una
guarida
sin
luciérnagas:
qué
extraña fortuna
saberme
lejos
de
la noche inmensa.
Antes
me entregaba al temblor:
hoy
la sombra
tan
sólo es
la
cara más joven
que
tiene el miedo.
sábado, 31 de octubre de 2020
Casa abierta
No tengo rejas
ni portales.
Soy una casa abierta
que recibe
la inundación
y el verano
como si fueran
un mismo rostro.
Yo me entrego
al porvenir
de las horas
aunque me asuste el invierno desalmado.
Yo soy un poco vida,
porque he amado,
y también muerte
de renuncias.
miércoles, 28 de octubre de 2020
El reino de las agujas para Revista Burak
Yo haré con vestigios del sol
un puñado de flores amarillas
para salvarnos del tiempo.
_________________
No tengo rejas
ni portales.
Soy una casa abierta
que recibe
la inundación
y el verano
como si fueran
un mismo rostro.
Yo me entrego
al porvenir
de las horas
aunque me asuste el invierno desalmado.
Yo soy un poco vida,
porque he amado,
y también muerte
de renuncias.
__________________
Con la distancia desoída
hay un reloj que ya no ordena hay un adiós
que se suicida antes de arder.
__________________
.
© Úrsula Alonso
Gualeguay - Entre Ríos.
Es escritora y profesora de Lengua y Literatura. Su poemario "El reino de las agujas" (2018), obtuvo el Premio Provincial Juan José Manauta.
Codirige "Textos virales", proyecto que difunde la obra literaria de autores entrerrianos a través de las redes sociales.
Revista Burak
Instagram: https://www.instagram.com/p/CG04L1ag816/?utm_source=ig_web_copy_link
domingo, 11 de octubre de 2020
jueves, 8 de octubre de 2020
poesía vertical - Roberto Juarroz
Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.
Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.
Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.
viernes, 2 de octubre de 2020
oesía de Brecciarolli
Completamos los rituales que de a poco fuimos inventando.
Cada mañana. Cada noche.
¿Y si el amor es componer un código?
Ese idioma que hablamos solo vos y yo.
Todo eso pensé el día que dijiste vamos a nuestro lugar
Y pediste sin preguntar la comida que yo quería.
jueves, 1 de octubre de 2020
sábado, 19 de septiembre de 2020
Reseña sobre El reino de las agujas publicado en Revista descolonidx
Por María Malusardi
“Amo de mi existencia las horas tenebrosas / en que se profundizan mis sentidos; / en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, / lejana y superada, como vieja leyenda.” Estos versos de Rainer María Rilke, aquel gran autor de lengua alemana que abrió el siglo XX con semejante filo poético y filosófico, abrazan el libro en cuya lectura me detengo: el Reino de las agujas de Úrsula Alonso.
Me gustan especialmente los epígrafes. Funcionan como un ama de llaves: nos abren la puerta del libro, nos lanzan un guiño, sutil, y nos invitan a entrar. Quienes escribimos, dialogamos permanentemente con otros textos, con otros autores. Y cuando leemos, sucede lo mismo. Es parte del juego que propone la literatura.
Entiendo como un gesto de sobriedad por parte de Úrsula Alonso no haber invitado a un autor o autora a su libro. Me tomo pues el atrevimiento de hacerlo yo. Y les recuerdo los versos de Rilke: “Amo de mi existencia las horas tenebrosas/en que se profundizan mis sentidos; /en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, /lejana y superada, como vieja leyenda.”
El reino de las agujas se detiene en tres partes: Cada día, Relojes detenidos y Paisaje habitual.
Minuciosa y lentamente transcurren en los poemas las horas de la vida –de una vida-. Hay zonas de detención –cuando el tiempo se detiene o cuando el tiempo nos detiene-. Y hay zonas de lo habitual, lo que vemos cada día consagrado al detalle: todos los días lo mismo que nunca es lo mismo. Y aquí se planta
Heráclito. El tiempo y el transcurrir de lo mismo que nunca es lo mismo. El mismo río, distinta agua cada vez:
“Sabemos que mañana
regresarán a la tierra,
serán semilla,
y de nuevo un árbol.
Sabemos que el ciclo
se repite cada tanto
pero vivimos
como si no lo supiéramos.”
El tiempo es el nervio de este libro. Las agujas del reloj organizan y materializan aquello que desde la antigüedad ha inquietado al Hombre. El tiempo. Y qué es el tiempo. Si me preguntan, no sé, decía San Agustín. La respuesta está donde la pregunta sobra. En ese lapso, en aquel intersticio que nos deja el filósofo, Alonso, apoyada en su propio mundo –un mundo cotidiano y sencillo del siglo XXI- abre una inquisición:
“Con la distancia desoída
hay un reloj que ya no ordena hay un adiós
que se suicida antes de arder.”
Este poema, el último del libro, es una aporía: es lo imposible del tiempo que se rompe en el objeto que lo marca, es lo imposible de la despedida que nunca llega a producirse. El tiempo desaparece de sí y desespera.
La poesía jamás define: debilita el axioma o lo combate. La poesía subvierte, hiere y se asume en la paradoja. Jamás dice lo que debe ser. La poesía nos libera de
esas exigencias que la vida concreta, e incluso la filosofía, exigen. La poesía, esa gran desviación, como dice Meschonnic.
Alonso, a través de sus versos, nos sugiere: no piensen ni en el tiempo ni en el espacio. Sólo dejen que el lenguaje trabaje sobre los sentidos y desacomode. Dejen que el lenguaje arrebate sus principios y cambie las cosas de lugar de acuerdo a su lógica rebelde. Este libro aborda la cuestión del tiempo y por lo bajo, reptando en un fondo enlodado y secreto, se defiende la escritura como posibilidad, como destino.
El tiempo está, y es, en todos lados. El tiempo está, y es, en todas las cosas. En todos los cuerpos y las costumbres. El tiempo es una red de aire. El tiempo de la espera. El tiempo de la naturaleza. El tiempo en el cosmos. El tiempo en el poema.
Aquí me detengo. Un poema, acaso, dura unos cuantos segundos, unos pocos minutos. Su sentido, que es inmediato y evanescente, dura menos, dura nada. ¿Acaso existe? Apenas toca algo dentro y huye. Como la música. Sin embargo, aparece otra cara del tiempo del poema. Su extensión es sonora, ampliamente sensorial. Su sentido es secreto. No hay razón que ampare el tiempo del poema, que se prolonga hacia dentro y desarregla nuestras ínfulas.
Úrsula Alonso propone una síntesis entre lo cotidiano y el tiempo de la contemplación que agoniza en el detalle:
“La última hoja
se desprende del árbol
y cae: quietud.”
El tiempo es también la época. Y este poemario, hijo de su época, se hace eco y derrama el desánimo de un tiempo sin ocio y sin memoria, un tiempo atravesado por la urgencia de la utilidad y del trabajo que aliena:
“Toda la vida
nos enseñan
que el ocio es
algo malo.
El trabajo
nos vuelve más valiosos
-dicen- ,
y yo me pregunto
para quién seremos
más valiosos.
Es irónico
ya que
sólo en los momentos de ocio
comprendemos
qué nos hace
realmente felices.”
¿Poemas metafísicos surgidos de lo cotidiano? Metafísica en el sentido en que la plantea Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa: Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, dice Caeiro. El poema no piensa, impone una voz –un tono- y ofrece una experiencia única:
“La terminal
se enciende
con las horas
deprimidas
del ocaso.
Mirar el suelo,
la ventanilla,
las luces encendidas,
el colectivo que se va.
Mirar mi mano
en vaivén de despedida
y mirar tu cara
desdibujada.
Mirar el mes
que reinicia
su ciclo habitual
de trabajo
y mochilas repletas.
Con las manos
marchitas
vuelvo a casa
-no quería que te fueras-.
Con las manos
marchitas
pienso que
las terminales
son verdades
aceptadas
a la fuerza.”
Estos poemas logran retomar el devenir, rescatándonos de lo “inerte y lo gris” en palabra de Cioran. Este libro nos invita a detenernos durante “la caída del tiempo” y así observar nuestros detalles, no para (vanidosamente) regodearnos, sino para retardar nuestra caída.
viernes, 11 de septiembre de 2020
El reino de las agujas en Tertulias poéticas
Más allá de los motores
estallando su urgencia,
de los pasajes flotando
entre la mano y el suelo,
más allá de los avisos
a última hora,
de los abrazos
que no saben ceder,
más allá
de los pasajeros
y el chofer,
más allá del silencio,
de las luces apagadas,
permanece una figura
gastada por la espera:
es quien se queda
cuando todos se han ido,
sosteniendo eso
que el horizonte no devuelve.
jueves, 10 de septiembre de 2020
EL “AMERICAN DREAM” EN “LAS UVAS DE LA IRA”: UN SUEÑO PARA TODOS QUE SÓLO ALGUNOS ALCANZAN
EL “AMERICAN DREAM” EN “LAS UVAS DE LA IRA”: UN SUEÑO PARA TODOS QUE SÓLO ALGUNOS ALCANZAN
Detrás de todo gran hombre hay una gran nación. Detrás de toda gran nación hay un gran hombre. Ambas aserciones son correctas sobre todo si las observamos desde un enfoque aplicado a la idiosincrasia y política norteamericanas. Así lo sugiere el pensador francés Alexis de Tocqueville cuando afirma que “el individuo refleja la nación, del microcosmos al macrocosmos” y amplía la idea cuando define la mentalidad norteamericana como un ideario proclive a ver el mundo exterior y el interior reflejándose el uno en el otro.
De este modo, el credo norteamericano contiene en sí mismo un afán de progreso que tiene sustento en el propio individuo. Este afán se ha consagrado a lo largo del tiempo mediante una serie de principios que guían tanto al ciudadano común como a los grandes líderes de la nación, dominados ambos por un mismo impulso y por iguales fundamentos.
Partiendo de estos principios, trabajaré con uno en particular que rige la línea de acción del pensamiento norteamericano. Es la idea de “American Dream”. Este término, acuñado por James Troslow Adams, aparece por primera vez en su “Epopeya de América”, donde se define el sueño americano como:
“el sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada uno según sus habilidades o sus logros. Es un sueño difícil de interpretar correctamente por las clases altas europeas, y demasiados entre nosotros nos hemos aburrido de él y nos hemos vuelto desconfiados. No es solamente un sueño de coches a motor y salarios altos, sino el sueño de un orden social en el que cada hombre y cada mujer deberían ser capaces de alcanzar la capacidad plena que de una manera innata puedan lograr, y ser reconocidos por los demás por lo que son, sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición social”
Para desarrollar mi análisis, trabajaré con la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”, obra que constituye una alegoría del sueño americano y una mostración, además, de su derrumbe y ambigüedades.
Jon Steinbeck publica “Las uvas de la ira” en el año 1939. En la obra refleja el contexto de su propia época: Estados Unidos, tras la caída de la bolsa de Wall Street, atraviesa la crisis más grande su historia. Los Joad, familia tipo de campesinos que, como consecuencia de las tormentas de viento y la gran sequía que azotan a su región, deben enfrentar la pobreza que se agrava cuando el banco embarga su propiedad. Esta historia representa la de miles de campesinos estadounidenses. Los Joad no encuentran más alternativa que abandonar sus tierras y encaminarse hacia California, una suerte de Edén a donde son convocados mediante folletos publicitarios que llegan a Oklahoma, estado donde residen. Mediante estos folletos, se invita a cientos de familias desempleadas a trabajar en los campos californianos, donde la cosecha es fructífera y los salarios altos. Los doce integrantes de la familia Joad (los dos abuelos, el tío John, Padre Tom y Madre, Tom, Rose of Sharon, Connie, Al, Noah, Winfield y Ruthie) y el predicador Casy, se encaminan entonces hacia California. Pero en el recorrido mismo, incluso cuando aún no han llegado a destino, comienzan a comprender que esa nueva oportunidad anhelada está muy lejos de alcanzarse: el trabajo es escaso y los salarios demasiado bajos. Entonces no sólo la familia se resquebraja (los abuelos mueren antes de afincarse en California, Noah y Connie se alejan para emprender su propio camino), sino que también el sueño que los impulsa. Asistimos, a lo largo de la obra, a múltiples aspiraciones que se debilitan mientras avanza el viaje. “En su novela, Steinbeck pone de relieve que el American Dream está todavía por conseguir, que no es oro todo lo que reluce y que las promesas de cambio (…) no han llegado todavía a cumplirse.” Y no se cumplirán. Esto puede comprobarse en las luchas personales que atraviesan algunos personajes. El más representativo de ellos es Rose of Sharon. Tercera hija del viejo Tom Joad, emprende el viaje embarazada y junto a Connie, su esposo. Sus inclinaciones se observan en pasajes como el siguiente:
“Connie conseguirá trabajo en una tienda o quizá en una fábrica. Y va a estudiar en casa, puede que radio, hasta convertirse en un experto y poder tener más adelante su propia tienda. E iremos al cine siempre que nos apetezca (…) Vamos a tener un coche, uno pequeño. Y después de que él estudie por la noche, pues… será bonito (…). Vamos a vivir en la ciudad para ir al cine cuando queramos y… bueno, yo tendré una plancha eléctrica y las cosas para el bebé serán todas nuevas. Connie dice que será todo nuevo, blanco y… Bueno, ya has visto las cosas que hay para bebés en el catálogo.
La contracara de este discurso orientado al progreso, que bien representa una manifestación del American Dream, comienza cuando la familia llega a destino, se enfrenta a la hostilidad de los habitantes del Oeste y al trato inhumano en las cosechas; continúa al momento en que Connie se marcha abandonando a Rose of Sharon a su suerte, y culmina con el nacimiento del niño muerto.
Un segundo integrante de la familia cuyos propósitos se ven desmoronados incluso antes de haber llegado a destino, es el abuelo. Él, en su inocente propensión de progreso, ansía la abundancia:
“Déjame llegar a California, y poder coger una naranja cada vez que quiera y verás lo que es bueno. O uvas. Ahí tienes una cosa que no me cansa. Me cogeré un gran racimo de uvas de un arbusto o de donde salgan, y me lo voy a aplastar en la cara y que el zumo me caiga por la barbilla.”
A estos personajes se suman Madre y Al. Ambos imaginan casas blancas, rodeadas de naranjos y campos verdes. Así lo expresa Madre en un diálogo con Tom:
“Pero me gusta pensar lo bien que estaremos, a lo mejor, en California, donde nunca hace frío y la fruta crece por todas partes. La gente vivirá en los lugares más hermosos, en casitas blancas levantadas entre los naranjos. Me pregunto… es decir, si todos conseguimos un empleo y todos trabajamos, tal vez podamos comprar una de esas casitas blancas. Y los pequeños saldrán a recoger naranjas del mismo árbol. No podrán aguantarlo, gritarán como locos.”
A esta idea adhiere Al cuando manifiesta: “Aquí lo hemos pasado mal. Por supuesto que en California va a ser otra cosa: trabajo abundante, todo cubierto de verde y casitas blancas rodeadas de naranjos.” . Pero lo único blanco que podrán contemplar será el algodonal donde trabajan por apenas un par de centavos; allí “las manos ásperas, callosas de los trabajadores marcan una vez más el contraste simbólico por el medio ambiente duro, sucio en el que viven y los algodonales limpios, suaves (…)”
Asistimos a una tierra anhelada, a un American Dream que no llega a cumplirse. Porque los inmigrantes (llamados okies) serán agraviados y los recursos naturales privatizados (se les impide recoger las sobras de las cosechas e incluso pescar).
La familia Joad se desintegra; los sectores más vulnerables de la sociedad sufren la contracara del porvenir prometido. Es el derrumbe del American Dream. Lo que Adams define como “(…) el sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada uno según sus habilidades o sus logros” está en las antípodas de lo que en realidad sucede en la novela de Steinbeck, cuando los inmigrantes se enfrentan a la desigualdad, al rechazo y a la hostilidad de los californianos: “No hay bastante espacio para usted y para mí, para la gente de su clase y la de la mía, para ricos y pobres todos juntos en un país, para ladrones y hombres honrados. Para el hambre y la abundancia. ¿Por qué no se vuelven por donde han venido?”
Los contrasentidos, continuando con la definición esbozada por Adams, pueden advertirse en lo que él llama “el sueño de un orden social en el que cada hombre y cada mujer deberían ser capaces de alcanzar la capacidad plena que de una manera innata puedan lograr, y ser reconocidos por los demás por lo que son, sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición social”. En contraposición a este enunciado, se encuentra el siguiente panorama suscitado tras la llegada de los inmigrantes a California:
“La gente vino de muy lejos para coger la fruta, pero no podía ser. (…) Y hombres con mangueras arrojan chorros de queroseno en las naranjas y se enfurecen ante semejante crimen y se enfadan con la gente que ha venido por la fruta. Un millón de personas hambrientas, que necesitan la fruta… y el queroseno rociado sobre las montañas doradas. Y el olor a podrido llena el campo.”
El American Dream, un concepto que motiva al ciudadano norteamericano al progreso, se expone como un destino alcanzable porque las condiciones están dadas para ello. Pero en “Las uvas de la ira” Steinbeck desnuda las ambigüedades de este sueño al que sólo llegan los propietarios adinerados porque, para el hombre que padece las truculentas consecuencias de la crisis del ‘29, solo queda el rechazo, la miseria, la explotación del hombre por el hombre.
Esta novela no sólo representa la caída del American Dream. “Las uvas de la ira” es la viva imagen de un sueño, de un ideario propio de la idiosincrasia norteamericana que se promete a todos pero que sólo una minoría está destinada a alcanzar.
Soledad - Carlos Mastronardi
Soledad
Aspiro el ramillete
de los años
Y siento que estoy
muerto en cada olvido.
Mis apariencias
todas se gastaron
Alguien se iba de
mi crepúsculo...
En mis tiempos
marchitos hubo puertos,
Y pañuelos
vehementes se alejaron...
desconocidas gentes
han partido
del fondo de mi ser
ya devastado.
Me quedé en la
efusión de cada abrazo
y en los adioses
layos y secretos.
De improviso me vi
como un extraño
con mi presencia
inexplicable y sola
Lo ausente habla un
idioma que no alcanzo.
Inútilmente dóblanse
las tardes...
Nos vamos
deshaciendo en los olvidos,
ya dispersé el
recuerdo como un ramo.
Carlos Mastronardi
miércoles, 9 de septiembre de 2020
Registro de escritores
Registro de escritores de Fundación La balandra: https://registrodeescritores.com.ar/project/rosa-soto/
martes, 8 de septiembre de 2020
El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso
El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso
Por María Malusardi
“Amo de mi existencia las horas tenebrosas / en que se profundizan mis sentidos; / en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, / lejana y superada, como vieja leyenda.” Estos versos de Rainer María Rilke, aquel gran autor de lengua alemana que abrió el siglo XX con semejante filo poético y filosófico, abrazan el libro en cuya lectura me detengo: el Reino de las agujas de Úrsula Alonso.
Me gustan especialmente los epígrafes. Funcionan como un ama de llaves: nos abren la puerta del libro, nos lanzan un guiño, sutil, y nos invitan a entrar. Quienes escribimos, dialogamos permanentemente con otros textos, con otros autores. Y cuando leemos, sucede lo mismo. Es parte del juego que propone la literatura.
Entiendo como un gesto de sobriedad por parte de Úrsula Alonso no haber invitado a un autor o autora a su libro. Me tomo pues el atrevimiento de hacerlo yo. Y les recuerdo los versos de Rilke: “Amo de mi existencia las horas tenebrosas/en que se profundizan mis sentidos; /en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, /lejana y superada, como vieja leyenda.”
El reino de las agujas se detiene en tres partes: Cada día, Relojes detenidos y Paisaje habitual.
Minuciosa y lentamente transcurren en los poemas las horas de la vida –de una vida-. Hay zonas de detención –cuando el tiempo se detiene o cuando el tiempo nos detiene-. Y hay zonas de lo habitual, lo que vemos cada día consagrado al detalle: todos los días lo mismo que nunca es lo mismo. Y aquí se planta
Heráclito. El tiempo y el transcurrir de lo mismo que nunca es lo mismo. El mismo río, distinta agua cada vez:
“Sabemos que mañana
regresarán a la tierra,
serán semilla,
y de nuevo un árbol.
Sabemos que el ciclo
se repite cada tanto
pero vivimos
como si no lo supiéramos.”
El tiempo es el nervio de este libro. Las agujas del reloj organizan y materializan aquello que desde la antigüedad ha inquietado al Hombre. El tiempo. Y qué es el tiempo. Si me preguntan, no sé, decía San Agustín. La respuesta está donde la pregunta sobra. En ese lapso, en aquel intersticio que nos deja el filósofo, Alonso, apoyada en su propio mundo –un mundo cotidiano y sencillo del siglo XXI- abre una inquisición:
“Con la distancia desoída
hay un reloj que ya no ordena hay un adiós
que se suida antes de arder.”
Este poema, el último del libro, es una aporía: es lo imposible del tiempo que se rompe en el objeto que lo marca, es lo imposible de la despedida que nunca llega a producirse. El tiempo desaparece de sí y desespera.
La poesía jamás define: debilita el axioma o lo combate. La poesía subvierte, hiere y se asume en la paradoja. Jamás dice lo que debe ser. La poesía nos libera de esas exigencias que la vida concreta, e incluso la filosofía, exigen. La poesía, esa gran desviación, como dice Meschonnic.
Alonso, a través de sus versos, nos sugiere: no piensen ni en el tiempo ni en el espacio. Sólo dejen que el lenguaje trabaje sobre los sentidos y desacomode. Dejen que el lenguaje arrebate sus principios y cambie las cosas de lugar de acuerdo a su lógica rebelde. Este libro aborda la cuestión del tiempo y por lo bajo, reptando en un fondo enlodado y secreto, se defiende la escritura como posibilidad, como destino.
El tiempo está, y es, en todos lados. El tiempo está, y es, en todas las cosas. En todos los cuerpos y las costumbres. El tiempo es una red de aire. El tiempo de la espera. El tiempo de la naturaleza. El tiempo en el cosmos. El tiempo en el poema.
Aquí me detengo. Un poema, acaso, dura unos cuantos segundos, unos pocos minutos. Su sentido, que es inmediato y evanescente, dura menos, dura nada. ¿Acaso existe? Apenas toca algo dentro y huye. Como la música. Sin embargo, aparece otra cara del tiempo del poema. Su extensión es sonora, ampliamente sensorial. Su sentido es secreto. No hay razón que ampare el tiempo del poema, que se prolonga hacia dentro y desarregla nuestras ínfulas.
Úrsula Alonso propone una síntesis entre lo cotidiano y el tiempo de la contemplación que agoniza en el detalle:
“La última hoja
se deprende del árbol
y cae: quietud.”
El tiempo es también la época. Y este poemario, hijo de su época, se hace eco y derrama el desánimo de un tiempo sin ocio y sin memoria, un tiempo atravesado por la urgencia de la utilidad y del trabajo que aliena:
“Toda la vida
nos enseñan
que el ocio es
algo malo.
El trabajo
nos vuelve más valiosos
-dicen- ,
y yo me pregunto
para quién seremos
más valiosos.
Es irónico
ya que
sólo en los momentos de ocio
comprendemos
qué nos hace
realmente felices.”
¿Poemas metafísicos surgidos de lo cotidiano? Metafísica en el sentido en que la plantea Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa: Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, dice Caeiro. El poema no piensa, impone una voz –un tono- y ofrece una experiencia única:
“La terminal
se enciende
con las horas
deprimidas
del ocaso.
Mirar el suelo,
la ventanilla,
las luces encendidas,
el colectivo que se va.
Mirar mi mano
en vaivén de despedida
y mirar tu cara
desdibujada.
Mirar el mes
que reinicia
su ciclo habitual
de trabajo
y mochilas repletas.
Con las manos
marchitas
vuelvo a casa
-no quería que te fueras-.
Con las manos
marchitas
pienso que
las terminales
son verdades
aceptadas
a la fuerza.”
Estos poemas logran retomar el devenir, rescatándonos de lo “inerte y lo gris” en palabra de Cioran. Este libro nos invita a detenernos durante “la caída del tiempo” y así observar nuestros detalles, no para (vanidosamente) regodearnos, sino para retardar nuestra caída.






