martes, 8 de septiembre de 2020

El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso

 El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso

Por María Malusardi

“Amo de mi existencia las horas tenebrosas / en que se profundizan mis sentidos; / en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, / lejana y superada, como vieja leyenda.” Estos versos de Rainer María Rilke, aquel gran autor de lengua alemana que abrió el siglo XX con semejante filo poético y filosófico, abrazan el libro en cuya lectura me detengo: el Reino de las agujas de Úrsula Alonso.

Me gustan especialmente los epígrafes. Funcionan como un ama de llaves: nos abren la puerta del libro, nos lanzan un guiño, sutil, y nos invitan a entrar. Quienes escribimos, dialogamos permanentemente con otros textos, con otros autores. Y cuando leemos, sucede lo mismo. Es parte del juego que propone la literatura.

Entiendo como un gesto de sobriedad por parte de Úrsula Alonso no haber invitado a un autor o autora a su libro. Me tomo pues el atrevimiento de hacerlo yo. Y les recuerdo los versos de Rilke: “Amo de mi existencia las horas tenebrosas/en que se profundizan mis sentidos; /en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, /lejana y superada, como vieja leyenda.”

El reino de las agujas se detiene en tres partes: Cada día, Relojes detenidos y Paisaje habitual.

Minuciosa y lentamente transcurren en los poemas las horas de la vida –de una vida-. Hay zonas de detención –cuando el tiempo se detiene o cuando el tiempo nos detiene-. Y hay zonas de lo habitual, lo que vemos cada día consagrado al detalle: todos los días lo mismo que nunca es lo mismo. Y aquí se planta

Heráclito. El tiempo y el transcurrir de lo mismo que nunca es lo mismo. El mismo río, distinta agua cada vez:

“Sabemos que mañana

regresarán a la tierra,

serán semilla,

y de nuevo un árbol.

Sabemos que el ciclo

se repite cada tanto

pero vivimos

como si no lo supiéramos.”

El tiempo es el nervio de este libro. Las agujas del reloj organizan y materializan aquello que desde la antigüedad ha inquietado al Hombre. El tiempo. Y qué es el tiempo. Si me preguntan, no sé, decía San Agustín. La respuesta está donde la pregunta sobra. En ese lapso, en aquel intersticio que nos deja el filósofo, Alonso, apoyada en su propio mundo –un mundo cotidiano y sencillo del siglo XXI- abre una inquisición:

“Con la distancia desoída

hay un reloj que ya no ordena hay un adiós

que se suida antes de arder.”

Este poema, el último del libro, es una aporía: es lo imposible del tiempo que se rompe en el objeto que lo marca, es lo imposible de la despedida que nunca llega a producirse. El tiempo desaparece de sí y desespera.

La poesía jamás define: debilita el axioma o lo combate. La poesía subvierte, hiere y se asume en la paradoja. Jamás dice lo que debe ser. La poesía nos libera de esas exigencias que la vida concreta, e incluso la filosofía, exigen. La poesía, esa gran desviación, como dice Meschonnic.

Alonso, a través de sus versos, nos sugiere: no piensen ni en el tiempo ni en el espacio. Sólo dejen que el lenguaje trabaje sobre los sentidos y desacomode. Dejen que el lenguaje arrebate sus principios y cambie las cosas de lugar de acuerdo a su lógica rebelde. Este libro aborda la cuestión del tiempo y por lo bajo, reptando en un fondo enlodado y secreto, se defiende la escritura como posibilidad, como destino.

El tiempo está, y es, en todos lados. El tiempo está, y es, en todas las cosas. En todos los cuerpos y las costumbres. El tiempo es una red de aire. El tiempo de la espera. El tiempo de la naturaleza. El tiempo en el cosmos. El tiempo en el poema.

Aquí me detengo. Un poema, acaso, dura unos cuantos segundos, unos pocos minutos. Su sentido, que es inmediato y evanescente, dura menos, dura nada. ¿Acaso existe? Apenas toca algo dentro y huye. Como la música. Sin embargo, aparece otra cara del tiempo del poema. Su extensión es sonora, ampliamente sensorial. Su sentido es secreto. No hay razón que ampare el tiempo del poema, que se prolonga hacia dentro y desarregla nuestras ínfulas.

Úrsula Alonso propone una síntesis entre lo cotidiano y el tiempo de la contemplación que agoniza en el detalle:

“La última hoja

se deprende del árbol

y cae: quietud.”

El tiempo es también la época. Y este poemario, hijo de su época, se hace eco y derrama el desánimo de un tiempo sin ocio y sin memoria, un tiempo atravesado por la urgencia de la utilidad y del trabajo que aliena:

“Toda la vida

nos enseñan

que el ocio es

algo malo.

El trabajo

nos vuelve más valiosos

-dicen- ,

y yo me pregunto

para quién seremos

más valiosos.

Es irónico

ya que

sólo en los momentos de ocio

comprendemos

qué nos hace

realmente felices.”

¿Poemas metafísicos surgidos de lo cotidiano? Metafísica en el sentido en que la plantea Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa: Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, dice Caeiro. El poema no piensa, impone una voz –un tono- y ofrece una experiencia única:

“La terminal

se enciende

con las horas

deprimidas

del ocaso.

Mirar el suelo,

la ventanilla,

las luces encendidas,

el colectivo que se va.

Mirar mi mano

en vaivén de despedida

y mirar tu cara

desdibujada.

Mirar el mes

que reinicia

su ciclo habitual

de trabajo

y mochilas repletas.

Con las manos

marchitas

vuelvo a casa

-no quería que te fueras-.

Con las manos

marchitas

pienso que

las terminales

son verdades

aceptadas

a la fuerza.”

Estos poemas logran retomar el devenir, rescatándonos de lo “inerte y lo gris” en palabra de Cioran. Este libro nos invita a detenernos durante “la caída del tiempo” y así observar nuestros detalles, no para (vanidosamente) regodearnos, sino para retardar nuestra caída.

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