sábado, 19 de septiembre de 2020

Reseña sobre El reino de las agujas publicado en Revista descolonidx

 El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso

Por María Malusardi




“Amo de mi existencia las horas tenebrosas / en que se profundizan mis sentidos; / en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, / lejana y superada, como vieja leyenda.” Estos versos de Rainer María Rilke, aquel gran autor de lengua alemana que abrió el siglo XX con semejante filo poético y filosófico, abrazan el libro en cuya lectura me detengo: el Reino de las agujas de Úrsula Alonso.
Me gustan especialmente los epígrafes. Funcionan como un ama de llaves: nos abren la puerta del libro, nos lanzan un guiño, sutil, y nos invitan a entrar. Quienes escribimos, dialogamos permanentemente con otros textos, con otros autores. Y cuando leemos, sucede lo mismo. Es parte del juego que propone la literatura.
Entiendo como un gesto de sobriedad por parte de Úrsula Alonso no haber invitado a un autor o autora a su libro. Me tomo pues el atrevimiento de hacerlo yo. Y les recuerdo los versos de Rilke: “Amo de mi existencia las horas tenebrosas/en que se profundizan mis sentidos; /en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, /lejana y superada, como vieja leyenda.”
El reino de las agujas se detiene en tres partes: Cada día, Relojes detenidos y Paisaje habitual.
Minuciosa y lentamente transcurren en los poemas las horas de la vida –de una vida-. Hay zonas de detención –cuando el tiempo se detiene o cuando el tiempo nos detiene-. Y hay zonas de lo habitual, lo que vemos cada día consagrado al detalle: todos los días lo mismo que nunca es lo mismo. Y aquí se planta
Heráclito. El tiempo y el transcurrir de lo mismo que nunca es lo mismo. El mismo río, distinta agua cada vez:
“Sabemos que mañana
regresarán a la tierra,
serán semilla,
y de nuevo un árbol.
Sabemos que el ciclo
se repite cada tanto
pero vivimos
como si no lo supiéramos.”
El tiempo es el nervio de este libro. Las agujas del reloj organizan y materializan aquello que desde la antigüedad ha inquietado al Hombre. El tiempo. Y qué es el tiempo. Si me preguntan, no sé, decía San Agustín. La respuesta está donde la pregunta sobra. En ese lapso, en aquel intersticio que nos deja el filósofo, Alonso, apoyada en su propio mundo –un mundo cotidiano y sencillo del siglo XXI- abre una inquisición:
“Con la distancia desoída
hay un reloj que ya no ordena hay un adiós
que se suicida antes de arder.”
Este poema, el último del libro, es una aporía: es lo imposible del tiempo que se rompe en el objeto que lo marca, es lo imposible de la despedida que nunca llega a producirse. El tiempo desaparece de sí y desespera.
La poesía jamás define: debilita el axioma o lo combate. La poesía subvierte, hiere y se asume en la paradoja. Jamás dice lo que debe ser. La poesía nos libera de
esas exigencias que la vida concreta, e incluso la filosofía, exigen. La poesía, esa gran desviación, como dice Meschonnic.
Alonso, a través de sus versos, nos sugiere: no piensen ni en el tiempo ni en el espacio. Sólo dejen que el lenguaje trabaje sobre los sentidos y desacomode. Dejen que el lenguaje arrebate sus principios y cambie las cosas de lugar de acuerdo a su lógica rebelde. Este libro aborda la cuestión del tiempo y por lo bajo, reptando en un fondo enlodado y secreto, se defiende la escritura como posibilidad, como destino.
El tiempo está, y es, en todos lados. El tiempo está, y es, en todas las cosas. En todos los cuerpos y las costumbres. El tiempo es una red de aire. El tiempo de la espera. El tiempo de la naturaleza. El tiempo en el cosmos. El tiempo en el poema.
Aquí me detengo. Un poema, acaso, dura unos cuantos segundos, unos pocos minutos. Su sentido, que es inmediato y evanescente, dura menos, dura nada. ¿Acaso existe? Apenas toca algo dentro y huye. Como la música. Sin embargo, aparece otra cara del tiempo del poema. Su extensión es sonora, ampliamente sensorial. Su sentido es secreto. No hay razón que ampare el tiempo del poema, que se prolonga hacia dentro y desarregla nuestras ínfulas.
Úrsula Alonso propone una síntesis entre lo cotidiano y el tiempo de la contemplación que agoniza en el detalle:
“La última hoja
se desprende del árbol
y cae: quietud.”
El tiempo es también la época. Y este poemario, hijo de su época, se hace eco y derrama el desánimo de un tiempo sin ocio y sin memoria, un tiempo atravesado por la urgencia de la utilidad y del trabajo que aliena:
“Toda la vida
nos enseñan
que el ocio es
algo malo.
El trabajo
nos vuelve más valiosos
-dicen- ,
y yo me pregunto
para quién seremos
más valiosos.
Es irónico
ya que
sólo en los momentos de ocio
comprendemos
qué nos hace
realmente felices.”
¿Poemas metafísicos surgidos de lo cotidiano? Metafísica en el sentido en que la plantea Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa: Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, dice Caeiro. El poema no piensa, impone una voz –un tono- y ofrece una experiencia única:
“La terminal
se enciende
con las horas
deprimidas
del ocaso.
Mirar el suelo,
la ventanilla,
las luces encendidas,
el colectivo que se va.
Mirar mi mano
en vaivén de despedida
y mirar tu cara
desdibujada.
Mirar el mes
que reinicia
su ciclo habitual
de trabajo
y mochilas repletas.
Con las manos
marchitas
vuelvo a casa
-no quería que te fueras-.
Con las manos
marchitas
pienso que
las terminales
son verdades
aceptadas
a la fuerza.”
Estos poemas logran retomar el devenir, rescatándonos de lo “inerte y lo gris” en palabra de Cioran. Este libro nos invita a detenernos durante “la caída del tiempo” y así observar nuestros detalles, no para (vanidosamente) regodearnos, sino para retardar nuestra caída.

Enlace a la revista: 

viernes, 11 de septiembre de 2020

El reino de las agujas en Tertulias poéticas




Terminales
 
Más allá de los motores 
estallando su urgencia,
de los pasajes flotando
entre la mano y el suelo,
más allá de los avisos
a última hora, 
de los abrazos
que no saben ceder,
más allá
de los pasajeros
y el chofer, 
más allá del silencio,
de las luces apagadas,
permanece una figura
gastada por la espera:
es quien se queda
cuando todos se han ido,
sosteniendo eso
que el horizonte no devuelve.

Instagram: https://www.instagram.com/p/CFA7DaNgDiK/


*Tertulias poéticas es un espacio de difusión literaria online, fundado en Buenos Aires en 20.

jueves, 10 de septiembre de 2020

EL “AMERICAN DREAM” EN “LAS UVAS DE LA IRA”: UN SUEÑO PARA TODOS QUE SÓLO ALGUNOS ALCANZAN

 EL “AMERICAN DREAM” EN “LAS UVAS DE LA IRA”: UN SUEÑO PARA TODOS QUE SÓLO ALGUNOS ALCANZAN

    

   Detrás de todo gran hombre hay una gran nación. Detrás de toda gran nación hay un gran hombre.  Ambas  aserciones son correctas sobre todo si las observamos desde un enfoque aplicado a la idiosincrasia y política norteamericanas. Así lo sugiere el pensador francés Alexis de Tocqueville cuando afirma que “el individuo refleja la nación, del microcosmos al macrocosmos”  y amplía la idea  cuando define la mentalidad norteamericana como un ideario proclive a ver el mundo exterior y el interior reflejándose el uno en el otro.  

      De este modo, el credo norteamericano contiene en sí mismo un afán de progreso que tiene sustento en el propio individuo. Este afán se ha consagrado a lo largo del tiempo mediante una serie de principios que guían tanto al ciudadano común como a los grandes líderes de la nación, dominados ambos por un mismo impulso y por iguales fundamentos. 

      Partiendo de estos principios, trabajaré con uno en particular que rige la línea de acción del pensamiento norteamericano. Es la idea de “American Dream”. Este término, acuñado por James Troslow Adams, aparece por primera vez en su “Epopeya de América”, donde se define el sueño americano como:

“el sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada uno según sus habilidades o sus logros. Es un sueño difícil de interpretar correctamente por las clases altas europeas, y demasiados entre nosotros nos hemos aburrido  de él y nos hemos vuelto desconfiados. No es solamente un sueño de coches a motor y salarios altos, sino el sueño de un orden social en el que  cada hombre y  cada mujer deberían ser capaces de alcanzar la capacidad plena que de una manera innata puedan lograr, y ser reconocidos por los demás por lo que son, sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición social” 

     Para desarrollar mi análisis, trabajaré con la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”, obra que constituye una alegoría del sueño americano y una mostración, además, de su derrumbe y ambigüedades.

     Jon Steinbeck publica “Las uvas de la ira” en el año 1939. En la obra refleja el contexto de su propia época: Estados Unidos, tras la caída de la bolsa de Wall Street, atraviesa la crisis más grande su historia. Los Joad, familia tipo de campesinos que, como consecuencia de las tormentas de viento y la  gran sequía que azotan a su región, deben enfrentar la pobreza que se agrava cuando el banco embarga su propiedad.    Esta historia representa la de miles de campesinos estadounidenses. Los Joad no encuentran más alternativa que abandonar sus tierras y encaminarse hacia California, una suerte de Edén a donde son convocados mediante folletos publicitarios que llegan a Oklahoma, estado donde residen.  Mediante estos folletos, se invita a cientos de familias desempleadas  a trabajar en los campos californianos, donde la cosecha es fructífera y los salarios altos. Los doce integrantes de la familia Joad (los dos abuelos, el tío John, Padre Tom y Madre, Tom, Rose of Sharon, Connie, Al, Noah, Winfield y Ruthie) y el predicador Casy, se encaminan entonces hacia California. Pero en el recorrido mismo, incluso cuando aún no han llegado a destino, comienzan a comprender que esa nueva oportunidad anhelada está muy lejos de alcanzarse: el trabajo es escaso y los salarios demasiado bajos. Entonces no sólo la familia se resquebraja (los abuelos mueren antes de afincarse en California, Noah y Connie se alejan para emprender su propio camino), sino que también el sueño que los  impulsa. Asistimos, a lo largo de la obra, a múltiples aspiraciones que se debilitan mientras avanza el viaje. “En su novela, Steinbeck pone de relieve que el American Dream está todavía por conseguir, que no es oro todo lo que reluce y que las promesas de cambio (…) no han llegado todavía a cumplirse.”   Y no se cumplirán. Esto puede comprobarse en las luchas personales que atraviesan algunos personajes. El más representativo de ellos es Rose of Sharon. Tercera hija del viejo Tom Joad, emprende el viaje embarazada y junto a Connie, su esposo. Sus inclinaciones se observan en pasajes como el siguiente:

“Connie conseguirá trabajo en una tienda o quizá en una fábrica. Y va a estudiar en casa, puede que radio, hasta convertirse en un experto y poder tener más adelante su propia tienda. E iremos al cine siempre que nos apetezca (…) Vamos a tener un coche, uno pequeño. Y después de que él estudie por la noche, pues… será bonito (…). Vamos a vivir en la ciudad para ir al cine cuando queramos y… bueno, yo tendré una plancha eléctrica y las cosas para el bebé serán todas nuevas. Connie dice que será todo nuevo, blanco y… Bueno, ya has visto las cosas que hay para bebés en el catálogo.  

    La contracara de este discurso orientado al progreso, que bien representa una manifestación del American Dream, comienza cuando la familia llega a destino, se enfrenta a la hostilidad de los habitantes del Oeste y al trato inhumano en las cosechas; continúa al momento en que Connie se marcha abandonando a Rose  of Sharon a su suerte, y culmina con el nacimiento del niño muerto. 

    Un segundo integrante de la familia cuyos propósitos se ven desmoronados incluso antes de haber llegado a destino, es el abuelo. Él, en su inocente propensión de progreso, ansía la abundancia:

“Déjame llegar a California, y poder coger una naranja cada vez que quiera y verás lo que es bueno. O uvas. Ahí tienes una cosa que no me cansa. Me cogeré un gran racimo de uvas de un arbusto o de donde salgan, y me lo voy a aplastar en la cara y que el zumo me caiga por la barbilla.” 

   A estos personajes se suman Madre y Al. Ambos imaginan casas blancas, rodeadas de naranjos y campos verdes. Así lo expresa Madre en un diálogo con Tom: 

“Pero me gusta pensar lo bien que estaremos, a lo mejor, en California, donde nunca hace frío y la fruta crece por todas partes. La gente vivirá en los lugares más hermosos, en casitas blancas levantadas entre los naranjos. Me pregunto… es decir, si todos conseguimos un empleo y todos trabajamos, tal vez podamos comprar una de esas casitas blancas. Y los pequeños saldrán a recoger naranjas del mismo árbol. No podrán aguantarlo, gritarán como locos.”  

    A esta idea adhiere Al cuando  manifiesta: “Aquí lo hemos pasado mal. Por supuesto que en California va a ser otra cosa: trabajo abundante, todo cubierto de verde y casitas blancas rodeadas de naranjos.” . Pero lo único blanco que podrán contemplar será el algodonal donde trabajan por apenas un par de centavos; allí “las manos ásperas, callosas de los trabajadores marcan una vez más el contraste simbólico por el medio ambiente duro, sucio en el que viven y los algodonales limpios, suaves (…)”   

    Asistimos a una tierra anhelada, a un American Dream que no llega a cumplirse.  Porque los inmigrantes (llamados okies) serán agraviados y los recursos naturales privatizados (se les impide recoger las sobras de las cosechas e incluso pescar).

    La familia Joad se desintegra; los sectores más vulnerables de la sociedad sufren la contracara del porvenir prometido. Es el derrumbe del American Dream. Lo que Adams define como “(…) el sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada uno según sus habilidades o sus logros” está en las antípodas de lo que en realidad sucede en la novela de Steinbeck, cuando los inmigrantes  se enfrentan a la desigualdad, al rechazo y a la hostilidad de los californianos: “No hay bastante espacio para usted y para mí, para la gente de su clase y la de la mía, para ricos y pobres todos juntos en un país, para ladrones y hombres honrados. Para el hambre y la abundancia. ¿Por qué no se vuelven por donde han venido?”  

   Los contrasentidos, continuando con la definición esbozada por Adams, pueden advertirse en lo que él llama “el sueño de un orden social en el que  cada hombre y  cada mujer deberían ser capaces de alcanzar la capacidad plena que de una manera innata puedan lograr, y ser reconocidos por los demás por lo que son, sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición social”. En contraposición a este enunciado, se encuentra el siguiente panorama suscitado tras la llegada de los inmigrantes a California:

“La gente vino de muy lejos para coger la fruta, pero no podía ser. (…) Y hombres con mangueras arrojan chorros de queroseno en las naranjas y se enfurecen ante semejante crimen y se enfadan con la gente que ha venido  por la fruta. Un millón de personas hambrientas, que necesitan la fruta… y el queroseno rociado sobre las montañas doradas. Y el olor a podrido llena el campo.” 

  El American Dream, un concepto que motiva al ciudadano norteamericano al progreso, se expone como un destino alcanzable porque las condiciones están dadas para ello. Pero en “Las uvas de la ira” Steinbeck desnuda las ambigüedades de este sueño al que sólo llegan los propietarios adinerados porque, para el hombre que padece las truculentas consecuencias de la crisis del ‘29, solo queda el rechazo, la miseria, la explotación del hombre por el hombre. 

   Esta novela no sólo representa la caída del American Dream. “Las uvas de la ira” es la viva imagen de un sueño, de un ideario propio de la idiosincrasia norteamericana que se promete a todos pero que sólo una minoría está destinada a alcanzar. 


Soledad - Carlos Mastronardi

 

Soledad

 

Aspiro el ramillete de los años

Y siento que estoy muerto en cada olvido.

Mis apariencias todas se gastaron

Alguien se iba de mi crepúsculo...

En mis tiempos marchitos hubo puertos,

Y pañuelos vehementes se alejaron...

desconocidas gentes han partido

del fondo de mi ser ya devastado.

Me quedé en la efusión de cada abrazo

y en los adioses layos y secretos.

De improviso me vi como un extraño

con mi presencia inexplicable y sola

Lo ausente habla un idioma que no alcanzo.

Inútilmente dóblanse las tardes...

Nos vamos deshaciendo en los olvidos,

ya dispersé el recuerdo como un ramo.

 

Carlos Mastronardi

martes, 8 de septiembre de 2020

El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso

 El tiempo de cada día: sobre el poemario “El reino de las agujas” de Úrsula Alonso

Por María Malusardi

“Amo de mi existencia las horas tenebrosas / en que se profundizan mis sentidos; / en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, / lejana y superada, como vieja leyenda.” Estos versos de Rainer María Rilke, aquel gran autor de lengua alemana que abrió el siglo XX con semejante filo poético y filosófico, abrazan el libro en cuya lectura me detengo: el Reino de las agujas de Úrsula Alonso.

Me gustan especialmente los epígrafes. Funcionan como un ama de llaves: nos abren la puerta del libro, nos lanzan un guiño, sutil, y nos invitan a entrar. Quienes escribimos, dialogamos permanentemente con otros textos, con otros autores. Y cuando leemos, sucede lo mismo. Es parte del juego que propone la literatura.

Entiendo como un gesto de sobriedad por parte de Úrsula Alonso no haber invitado a un autor o autora a su libro. Me tomo pues el atrevimiento de hacerlo yo. Y les recuerdo los versos de Rilke: “Amo de mi existencia las horas tenebrosas/en que se profundizan mis sentidos; /en ellas he hallado, como en cartas antiguas, / mi vida cotidiana ya vivida, /lejana y superada, como vieja leyenda.”

El reino de las agujas se detiene en tres partes: Cada día, Relojes detenidos y Paisaje habitual.

Minuciosa y lentamente transcurren en los poemas las horas de la vida –de una vida-. Hay zonas de detención –cuando el tiempo se detiene o cuando el tiempo nos detiene-. Y hay zonas de lo habitual, lo que vemos cada día consagrado al detalle: todos los días lo mismo que nunca es lo mismo. Y aquí se planta

Heráclito. El tiempo y el transcurrir de lo mismo que nunca es lo mismo. El mismo río, distinta agua cada vez:

“Sabemos que mañana

regresarán a la tierra,

serán semilla,

y de nuevo un árbol.

Sabemos que el ciclo

se repite cada tanto

pero vivimos

como si no lo supiéramos.”

El tiempo es el nervio de este libro. Las agujas del reloj organizan y materializan aquello que desde la antigüedad ha inquietado al Hombre. El tiempo. Y qué es el tiempo. Si me preguntan, no sé, decía San Agustín. La respuesta está donde la pregunta sobra. En ese lapso, en aquel intersticio que nos deja el filósofo, Alonso, apoyada en su propio mundo –un mundo cotidiano y sencillo del siglo XXI- abre una inquisición:

“Con la distancia desoída

hay un reloj que ya no ordena hay un adiós

que se suida antes de arder.”

Este poema, el último del libro, es una aporía: es lo imposible del tiempo que se rompe en el objeto que lo marca, es lo imposible de la despedida que nunca llega a producirse. El tiempo desaparece de sí y desespera.

La poesía jamás define: debilita el axioma o lo combate. La poesía subvierte, hiere y se asume en la paradoja. Jamás dice lo que debe ser. La poesía nos libera de esas exigencias que la vida concreta, e incluso la filosofía, exigen. La poesía, esa gran desviación, como dice Meschonnic.

Alonso, a través de sus versos, nos sugiere: no piensen ni en el tiempo ni en el espacio. Sólo dejen que el lenguaje trabaje sobre los sentidos y desacomode. Dejen que el lenguaje arrebate sus principios y cambie las cosas de lugar de acuerdo a su lógica rebelde. Este libro aborda la cuestión del tiempo y por lo bajo, reptando en un fondo enlodado y secreto, se defiende la escritura como posibilidad, como destino.

El tiempo está, y es, en todos lados. El tiempo está, y es, en todas las cosas. En todos los cuerpos y las costumbres. El tiempo es una red de aire. El tiempo de la espera. El tiempo de la naturaleza. El tiempo en el cosmos. El tiempo en el poema.

Aquí me detengo. Un poema, acaso, dura unos cuantos segundos, unos pocos minutos. Su sentido, que es inmediato y evanescente, dura menos, dura nada. ¿Acaso existe? Apenas toca algo dentro y huye. Como la música. Sin embargo, aparece otra cara del tiempo del poema. Su extensión es sonora, ampliamente sensorial. Su sentido es secreto. No hay razón que ampare el tiempo del poema, que se prolonga hacia dentro y desarregla nuestras ínfulas.

Úrsula Alonso propone una síntesis entre lo cotidiano y el tiempo de la contemplación que agoniza en el detalle:

“La última hoja

se deprende del árbol

y cae: quietud.”

El tiempo es también la época. Y este poemario, hijo de su época, se hace eco y derrama el desánimo de un tiempo sin ocio y sin memoria, un tiempo atravesado por la urgencia de la utilidad y del trabajo que aliena:

“Toda la vida

nos enseñan

que el ocio es

algo malo.

El trabajo

nos vuelve más valiosos

-dicen- ,

y yo me pregunto

para quién seremos

más valiosos.

Es irónico

ya que

sólo en los momentos de ocio

comprendemos

qué nos hace

realmente felices.”

¿Poemas metafísicos surgidos de lo cotidiano? Metafísica en el sentido en que la plantea Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa: Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, dice Caeiro. El poema no piensa, impone una voz –un tono- y ofrece una experiencia única:

“La terminal

se enciende

con las horas

deprimidas

del ocaso.

Mirar el suelo,

la ventanilla,

las luces encendidas,

el colectivo que se va.

Mirar mi mano

en vaivén de despedida

y mirar tu cara

desdibujada.

Mirar el mes

que reinicia

su ciclo habitual

de trabajo

y mochilas repletas.

Con las manos

marchitas

vuelvo a casa

-no quería que te fueras-.

Con las manos

marchitas

pienso que

las terminales

son verdades

aceptadas

a la fuerza.”

Estos poemas logran retomar el devenir, rescatándonos de lo “inerte y lo gris” en palabra de Cioran. Este libro nos invita a detenernos durante “la caída del tiempo” y así observar nuestros detalles, no para (vanidosamente) regodearnos, sino para retardar nuestra caída.