Mediante fragmentos de imágenes pasadas, Jean Bosmans va reconstruyendo la trama de una historia que su memoria había anidado durante mucho tiempo. Fechas, nombres, encuentros, personas, lugares y calles son algunos de los vestigios del pasado que reaparecen en su día a día; él toma cada dato que su mente le concede, apuntándolo en su agenda y configurándolo así como una imagen más que rememora ese camino que alguna vez lo condujo a una intersección de horizontes entre él y Margaret Le coz.
Modiano desarrolla la historia a través de un orden temporal discontinuo. De a poco nos sumerge en el pasado de los personajes, permitiendo que el desarrollo de las descripciones se vea atravesado por interrogantes que guían su recorrido: “¿Y si todas esas palabras quedaran suspendidas en el aire y bastase tan sólo un poco de atención para captar sus ecos?”. A partir de allí se inicia una búsqueda intermitente; el protagonista se pierde en constantes indagaciones, que no logra responder, o bien teme responder; tal vez por esto nos diga: “…en la duda aún queda una forma de esperanza, una línea de fuga hacia el horizonte”. Tantas veces se pregunta acerca de Margaret, de su encuentro casual, de otros posibles encuentros que tal vez fueron pero nunca llegaron a advertir. Quizá la falta de precisión se deba al ayer confuso de la joven, el cual permanece como una puerta entreabierta a la que Bosmans nunca logra descubrir por entero. Cuenta con certezas mínimas, entre las que se dibujan la silueta de personajes presentados como amenazas, posibles perseguidores que buscan obtener algo de ambos. En el caso del protagonista, se muestra afectado recurrentemente por la aparición de una mujer (su madre) y un hombre. Este último suceso, frecuente en la historia, podría relacionarse con el pasado mismo del autor, ya que al igual que el personaje central de la trama, padece la ausencia de sus padres debido a cuestiones laborales.
En relación a la infancia de Modiano, es importante destacar que la misma transcurre en la década de 1940 en Boulogne-Billancourt, una pequeña ciudad de Francia donde crece enfrentándose, junto a su hermano, a la falta casi total de sus padres. Sin embargo, a pesar de haber crecido en esta ciudad, gran parte de las obras del autor van a estar enmarcadas en una París afectada por la ocupación nazi, tan común durante la Segunda Guerra Mundial. Así, es posible ubicar en este contexto a nuestros dos protagonistas: Jean Bosmans y Margaret Le Coz, ambos en París, se conocen en medio de una persecución; ambos huyen de las miradas, de los posibles espías, retratando así la necesidad de escapar, o bien de guardar silencio como método mismo de escape. Ambos callan. En cuanto a esto, se debe mencionar que durante la entrega del Premio Nobel de Literatura en Estocolmo (año 2014), el autor pronuncia un discurso en el cual hace referencia al silencio durante su infancia, sosteniendo: “(…) pertenezco a una generación en la cual no se dejaba hablar a los niños, salvo raras ocasiones, y si se pedía permiso, aunque nunca se les escuchaba y la mayoría de las veces se les interrumpía (…) Sin duda de ahí el deseo de escribir que también sintieron otros a la salida de la infancia.” Quizá por esto el protagonista calle; sus expresiones, cargadas de inmensa sensibilidad, de memoria, de un pasado al que se refiere como si hablara del presente mismo, nos develan datos mínimos perdidos entre un silencio que poco nos dice y, a la vez, tanto.
Por la historia, que se presenta de a poco, por su calidad estilística, por el mensaje que nos deja, y las sensaciones tan cargadas de emoción frente a un pasado inconcluso, frente a interrogantes, frente a dudas, “El horizonte” es una obra de importante valor y su lectura muy recomendable, especialmente para aquellos que hallan en el pasado atisbos de belleza.