EL “AMERICAN DREAM” EN “LAS UVAS DE LA IRA”: UN SUEÑO PARA TODOS QUE SÓLO ALGUNOS ALCANZAN
Detrás de todo gran hombre hay una gran nación. Detrás de toda gran nación hay un gran hombre. Ambas aserciones son correctas sobre todo si las observamos desde un enfoque aplicado a la idiosincrasia y política norteamericanas. Así lo sugiere el pensador francés Alexis de Tocqueville cuando afirma que “el individuo refleja la nación, del microcosmos al macrocosmos” y amplía la idea cuando define la mentalidad norteamericana como un ideario proclive a ver el mundo exterior y el interior reflejándose el uno en el otro.
De este modo, el credo norteamericano contiene en sí mismo un afán de progreso que tiene sustento en el propio individuo. Este afán se ha consagrado a lo largo del tiempo mediante una serie de principios que guían tanto al ciudadano común como a los grandes líderes de la nación, dominados ambos por un mismo impulso y por iguales fundamentos.
Partiendo de estos principios, trabajaré con uno en particular que rige la línea de acción del pensamiento norteamericano. Es la idea de “American Dream”. Este término, acuñado por James Troslow Adams, aparece por primera vez en su “Epopeya de América”, donde se define el sueño americano como:
“el sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada uno según sus habilidades o sus logros. Es un sueño difícil de interpretar correctamente por las clases altas europeas, y demasiados entre nosotros nos hemos aburrido de él y nos hemos vuelto desconfiados. No es solamente un sueño de coches a motor y salarios altos, sino el sueño de un orden social en el que cada hombre y cada mujer deberían ser capaces de alcanzar la capacidad plena que de una manera innata puedan lograr, y ser reconocidos por los demás por lo que son, sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición social”
Para desarrollar mi análisis, trabajaré con la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”, obra que constituye una alegoría del sueño americano y una mostración, además, de su derrumbe y ambigüedades.
Jon Steinbeck publica “Las uvas de la ira” en el año 1939. En la obra refleja el contexto de su propia época: Estados Unidos, tras la caída de la bolsa de Wall Street, atraviesa la crisis más grande su historia. Los Joad, familia tipo de campesinos que, como consecuencia de las tormentas de viento y la gran sequía que azotan a su región, deben enfrentar la pobreza que se agrava cuando el banco embarga su propiedad. Esta historia representa la de miles de campesinos estadounidenses. Los Joad no encuentran más alternativa que abandonar sus tierras y encaminarse hacia California, una suerte de Edén a donde son convocados mediante folletos publicitarios que llegan a Oklahoma, estado donde residen. Mediante estos folletos, se invita a cientos de familias desempleadas a trabajar en los campos californianos, donde la cosecha es fructífera y los salarios altos. Los doce integrantes de la familia Joad (los dos abuelos, el tío John, Padre Tom y Madre, Tom, Rose of Sharon, Connie, Al, Noah, Winfield y Ruthie) y el predicador Casy, se encaminan entonces hacia California. Pero en el recorrido mismo, incluso cuando aún no han llegado a destino, comienzan a comprender que esa nueva oportunidad anhelada está muy lejos de alcanzarse: el trabajo es escaso y los salarios demasiado bajos. Entonces no sólo la familia se resquebraja (los abuelos mueren antes de afincarse en California, Noah y Connie se alejan para emprender su propio camino), sino que también el sueño que los impulsa. Asistimos, a lo largo de la obra, a múltiples aspiraciones que se debilitan mientras avanza el viaje. “En su novela, Steinbeck pone de relieve que el American Dream está todavía por conseguir, que no es oro todo lo que reluce y que las promesas de cambio (…) no han llegado todavía a cumplirse.” Y no se cumplirán. Esto puede comprobarse en las luchas personales que atraviesan algunos personajes. El más representativo de ellos es Rose of Sharon. Tercera hija del viejo Tom Joad, emprende el viaje embarazada y junto a Connie, su esposo. Sus inclinaciones se observan en pasajes como el siguiente:
“Connie conseguirá trabajo en una tienda o quizá en una fábrica. Y va a estudiar en casa, puede que radio, hasta convertirse en un experto y poder tener más adelante su propia tienda. E iremos al cine siempre que nos apetezca (…) Vamos a tener un coche, uno pequeño. Y después de que él estudie por la noche, pues… será bonito (…). Vamos a vivir en la ciudad para ir al cine cuando queramos y… bueno, yo tendré una plancha eléctrica y las cosas para el bebé serán todas nuevas. Connie dice que será todo nuevo, blanco y… Bueno, ya has visto las cosas que hay para bebés en el catálogo.
La contracara de este discurso orientado al progreso, que bien representa una manifestación del American Dream, comienza cuando la familia llega a destino, se enfrenta a la hostilidad de los habitantes del Oeste y al trato inhumano en las cosechas; continúa al momento en que Connie se marcha abandonando a Rose of Sharon a su suerte, y culmina con el nacimiento del niño muerto.
Un segundo integrante de la familia cuyos propósitos se ven desmoronados incluso antes de haber llegado a destino, es el abuelo. Él, en su inocente propensión de progreso, ansía la abundancia:
“Déjame llegar a California, y poder coger una naranja cada vez que quiera y verás lo que es bueno. O uvas. Ahí tienes una cosa que no me cansa. Me cogeré un gran racimo de uvas de un arbusto o de donde salgan, y me lo voy a aplastar en la cara y que el zumo me caiga por la barbilla.”
A estos personajes se suman Madre y Al. Ambos imaginan casas blancas, rodeadas de naranjos y campos verdes. Así lo expresa Madre en un diálogo con Tom:
“Pero me gusta pensar lo bien que estaremos, a lo mejor, en California, donde nunca hace frío y la fruta crece por todas partes. La gente vivirá en los lugares más hermosos, en casitas blancas levantadas entre los naranjos. Me pregunto… es decir, si todos conseguimos un empleo y todos trabajamos, tal vez podamos comprar una de esas casitas blancas. Y los pequeños saldrán a recoger naranjas del mismo árbol. No podrán aguantarlo, gritarán como locos.”
A esta idea adhiere Al cuando manifiesta: “Aquí lo hemos pasado mal. Por supuesto que en California va a ser otra cosa: trabajo abundante, todo cubierto de verde y casitas blancas rodeadas de naranjos.” . Pero lo único blanco que podrán contemplar será el algodonal donde trabajan por apenas un par de centavos; allí “las manos ásperas, callosas de los trabajadores marcan una vez más el contraste simbólico por el medio ambiente duro, sucio en el que viven y los algodonales limpios, suaves (…)”
Asistimos a una tierra anhelada, a un American Dream que no llega a cumplirse. Porque los inmigrantes (llamados okies) serán agraviados y los recursos naturales privatizados (se les impide recoger las sobras de las cosechas e incluso pescar).
La familia Joad se desintegra; los sectores más vulnerables de la sociedad sufren la contracara del porvenir prometido. Es el derrumbe del American Dream. Lo que Adams define como “(…) el sueño de una tierra en la que la vida debería ser mejor, más rica y más plena para todos, con oportunidades para cada uno según sus habilidades o sus logros” está en las antípodas de lo que en realidad sucede en la novela de Steinbeck, cuando los inmigrantes se enfrentan a la desigualdad, al rechazo y a la hostilidad de los californianos: “No hay bastante espacio para usted y para mí, para la gente de su clase y la de la mía, para ricos y pobres todos juntos en un país, para ladrones y hombres honrados. Para el hambre y la abundancia. ¿Por qué no se vuelven por donde han venido?”
Los contrasentidos, continuando con la definición esbozada por Adams, pueden advertirse en lo que él llama “el sueño de un orden social en el que cada hombre y cada mujer deberían ser capaces de alcanzar la capacidad plena que de una manera innata puedan lograr, y ser reconocidos por los demás por lo que son, sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición social”. En contraposición a este enunciado, se encuentra el siguiente panorama suscitado tras la llegada de los inmigrantes a California:
“La gente vino de muy lejos para coger la fruta, pero no podía ser. (…) Y hombres con mangueras arrojan chorros de queroseno en las naranjas y se enfurecen ante semejante crimen y se enfadan con la gente que ha venido por la fruta. Un millón de personas hambrientas, que necesitan la fruta… y el queroseno rociado sobre las montañas doradas. Y el olor a podrido llena el campo.”
El American Dream, un concepto que motiva al ciudadano norteamericano al progreso, se expone como un destino alcanzable porque las condiciones están dadas para ello. Pero en “Las uvas de la ira” Steinbeck desnuda las ambigüedades de este sueño al que sólo llegan los propietarios adinerados porque, para el hombre que padece las truculentas consecuencias de la crisis del ‘29, solo queda el rechazo, la miseria, la explotación del hombre por el hombre.
Esta novela no sólo representa la caída del American Dream. “Las uvas de la ira” es la viva imagen de un sueño, de un ideario propio de la idiosincrasia norteamericana que se promete a todos pero que sólo una minoría está destinada a alcanzar.
