Una delicadísima nostalgia se cuela entre los versos, sumamente breves, y va trazando una especie de ascensión hacia zonas más estables, como queriendo escapar del tiempo regido por relojes fríos, donde el transcurrir no se detiene, dejándonos casi ausentes de la realidad que, de tan breve, casi no podemos asir, ni con la mano ni con la consciencia.
Y es esa premura con la que pasan los reflejos del día, la que nos distancia de las vivencias, sin dejarnos absorber el núcleo de las mismas. Sin embargo, la joven poeta busca hendijas, ranuras desde donde pueda asomarse a la realidad; las busca con empeño, negándose a que sean arrastradas a la velocidad de la luz; quiere, desde la palabra, retener el sabor placentero del instante que pronto dejará de ser, para ceder paso a otro instante, igualmente inasible.
Me llamó la atención la construcción que elige la joven para simbolizar, y lo consigue, la rapidez con que transcurre el tiempo. Casi un pestañeo en el espacio que se nos concede para aprehender la vida. Los versos de Úrsula parecieran peldaños erigidos como las agujas góticas de las catedrales, para atrapar la luz y alzarse hacia el Infinito. Todos sus poemas son testigos vertiginosos de “un algo” que se desliza hacia el no ser. Sin embargo, hay uno que se escapa de los márgenes del tiempo. Un poema breve y bellísimo en que Úrsula consigue su propósito. Se llama, precisamente, permanencia, y dice así:
“Yo haré con vestigios del sol
un puñado de flores amarillas
para salvarnos del tiempo.”
Allí, en esa permanencia, estará siempre, con su integridad poética y con todos sus amores, salvados por la belleza de sus palabras.
Alcira Irene “Tuky” González
Me llamó la atención la construcción que elige la joven para simbolizar, y lo consigue, la rapidez con que transcurre el tiempo. Casi un pestañeo en el espacio que se nos concede para aprehender la vida. Los versos de Úrsula parecieran peldaños erigidos como las agujas góticas de las catedrales, para atrapar la luz y alzarse hacia el Infinito. Todos sus poemas son testigos vertiginosos de “un algo” que se desliza hacia el no ser. Sin embargo, hay uno que se escapa de los márgenes del tiempo. Un poema breve y bellísimo en que Úrsula consigue su propósito. Se llama, precisamente, permanencia, y dice así:
“Yo haré con vestigios del sol
un puñado de flores amarillas
para salvarnos del tiempo.”
Allí, en esa permanencia, estará siempre, con su integridad poética y con todos sus amores, salvados por la belleza de sus palabras.
Alcira Irene “Tuky” González
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